Presentación de Paca (parte 2)

Por ahí me brotó una silueta muy gris, probablemente la de un cajero de banco con cuatro quinquenios. ¿O fue la de un funcionario del grupo B? Alguien triste, dócil y aburrido, en todo caso, que se rebela un día sin motivo aparente e inicia una carrera criminal clandestina. Yo me imaginaba a un hombre, quizá porque quien canta “In my secret life” es Leonard Cohen, pero encontré a tiempo una columna de Leila Guerriero. Mi método de archivo de recortes de prensa está basado en el azar objetivo[1]. Consiste en:

a) Esconder el documento (en este caso una columna) entre las páginas de un libro que todavía no he leído.

b) Olvidar que lo he escondido.

c) Sorprenderme cuando, meses después, al abrir el libro, cae oportunamente al suelo el documento que ni yo mismo sabía que buscaba.

El día 14 de noviembre de 2018 la escritora Leila Guerriero publicó en su columna de El País un texto magnético titulado “Instrucción 13”. Dice así:

INSTRUCCIÓN 13

En la cocina, a primera hora de la mañana, todavía adormecida, piense “debo tomar la pastilla”. Caliente café con el fuego de la hornalla demasiado alto, de forma que el café se queme. Al servirlo, derrame un poco sobre la mesa. No lo limpie. Trague la pastilla. Siéntase humillada por necesitar de esa ortopedia química. Cierre y abra los dedos con crispación, como si quisiera romper alguna cosa. Pase por delante del cuarto de sus hijos, que todavía duermen, y escuche las respiraciones calmas. Pregúntese por qué usted no puede sentirse liviana como ellos, como la carne de su carne. Regrese a la cocina. Contemple las tazas blancas, listas para ser utilizadas, y sienta que son la expresión de un desastre cotidiano, un tedioso desastre de ocho a veinte, de lunes a lunes, mes tras mes. Sienta terror de que todo se derrumbe. Sienta una necesidad intensa de que todo se derrumbe. Entienda qué es lo que le sucede —toda esa desazón lacerante, esa piedra de la locura— y deje de entenderlo un segundo después. Lave las cucharas que están en la pileta. Sienta un desánimo descomunal al pensar en todas las cucharas que ha lavado y en todas las que tendrá que lavar hasta el día en que se muera. Escuche que uno de sus hijos entra en la cocina y saluda: “Buenos días”. Dele la espalda. No le conteste. Es importante que haga sentir su malestar desde temprano, que extienda el lienzo de su descontento desde la mañana, que su amargura tenga el espesor y la solidez de las paredes de su casa. Piense que cuando su marido se despierte y entre en la cocina se sentirá aliviada por esa presencia tan simple y bien hecha como una mesa de madera. Pero cuando él se despierte, entre en la cocina y diga “buenos días”, no sienta alivio. Piense, como Sylvia Plath, “soy el centro de una atrocidad”. Pregunte: “¿Quién quiere tostadas?”.

En cuanto terminé de leer supe que el personaje del que yo estaba preñado era mujer y ama de casa. Le puse de nombre Francisca, en homenaje a un ama de casa que conocí, esposa obediente y abnegada madre, una de las pocas personas con las que me he cruzado de las que puedo decir con poco margen de error que era muy capaz de asesinar a sangre fría. Mi querida abuela Paca…

Paca, el personaje, no tiene el aspecto físico de mi abuela. Yo me la pinto más como Carmen Maura en “Qué he hecho yo para merecer esto”, de Almodóvar. Ayer volví a ver esa película, que tenía casi olvidada, por curiosidad. Resulta que Gloria, el personaje interpretado por Carmen Maura, es una ama de casa narcotizada del barrio de la Concepción, madre de dos hijos –uno chapero y el otro camello- y esposa de un taxista al que acaba aplastando la cabeza con una pata de jamón.


[1] “La sincronía sospechosa, la coincidencia en su estado más enigmático, cuando parece un accidente intencionado, es azar objetivo. En realidad, se ha usado desde siempre para la investigación o la creación artística, aunque con diferentes nombres.” Para saber más:

https://oximoronicamente.com/2020/01/14/oximoronicamente-parte-1/

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